La capa de ozono, la política y los lobbies
El Protocolo de Montreal para la protección de la capa de ozono se ha ganado sus credenciales por al menos cuatro razones esenciales:
- El texto contiene calendarios precisos para la eliminación de las sustancias que agotan la capa de ozono.
- Las Partes en el Protocolo pusieron a punto mecanismos de seguimiento y control de su aplicación.
- La creación de un Fondo Multilateral para prestar la asistencia necesaria a los países en desarrollo a fin de que puedan cumplir sus obligaciones. Los países donantes siempre han garantizado su financiación, permitiendo así la continuidad de una labor crucial para la eliminación efectiva de las sustancias que agotan la capa de ozono.
- Los intereses bien entendidos de los grandes grupos químicos en este proceso de eliminación.
Hay, por supuesto, otras razones para el éxito de este Protocolo, considerado ejemplar en comparación con un gran número de convenios internacionales sobre medio ambiente.
Detrás de este acuerdo ejemplar hubo un gran hombre: el Dr. Mostafa Kamal Tolba, recientemente fallecido. Fue Director Ejecutivo del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente). Su obstinación, sus esfuerzos incansables por acercar las posiciones de unos y otros, y su gran sentido de la diplomacia al servicio de la negociación, permitieron que, un día de septiembre de 1987, naciera el célebre Protocolo de Montreal. Nos tuvo encerrados, junto con cientos de delegados, hasta altas horas de la madrugada en una sala, hasta que se cerró el texto final. La última vez que lo vi fue en El Cairo, hace algunos años, con motivo de la celebración del Día Internacional del Ozono. Quiero rendirle homenaje aquí.
Si bien hay motivos para alegrarse de este éxito, no puedo dejar de señalar algunos elementos de matiz que muestran que, a pesar de todo, los intereses de algunos no se sacrificaron en el altar de la protección del medio ambiente.
Ciertamente no pretenderé conocer todos los pormenores de la aplicación del Protocolo, ni explicar todas las decisiones adoptadas por las Partes, ya sea en sus reuniones anuales o a través de los comités que crearon —en particular el Comité Ejecutivo encargado de administrar el Fondo Multilateral—. Sin embargo, mi presencia durante casi treinta años en un sinnúmero de reuniones me dio el privilegio de ser testigo de las numerosas peripecias que jalonaron el recorrido del Protocolo. Es más, como representante de mi país primero, y luego como miembro activo de un organismo de ejecución, participé en muchas decisiones que mi organización tenía la tarea de ejecutar. Es decir, cuántas veces me vi confrontado, por no decir perturbado, por elementos muy alejados del angelismo ambiente en el que suele bañarse el Protocolo de Montreal.
Al mismo tiempo, no quisiera dar la impresión de dar la espalda a un programa al que dediqué la mayor parte de mi carrera, ni mostrar ingratitud alguna por el privilegio excepcional de haber sido uno de los actores de la aplicación del Protocolo de Montreal. Pues este Protocolo es un ejemplo de cooperación internacional que hoy constituye una referencia.
Mi única preocupación es mostrar que hubiera sido posible ir más lejos en esta cooperación, si intereses comprensibles, después de todo, dado el mundo en que vivimos, no hubieran venido a contaminar esta pasión común por proteger nuestro planeta. Lamentablemente, siempre habrá que lidiar con poderes sin escrúpulos y tratar de arrancarles jirones de idealismo. Mientras la idea sea, cada vez, encontrar un equilibrio entre las exigencias económicas y la necesidad de proteger el medio ambiente, nuestro planeta deberá siempre acomodarse a agresiones que lo debilitarán aún más. Ciertamente, ha habido avances considerables en la toma de conciencia de que el planeta está en peligro, y se hacen esfuerzos, con mayor o menor fortuna, por salvaguardarlo. Pero no nos engañemos: los poderes económicos y financieros siguen decididos a hacer del beneficio y del poder constantes intocables. Los hechos pasados, así como los más recientes, muestran que no dudan en avivar incendios para afianzar su dominio del mundo.
Quiero aportar aquí un testimonio: incluso para un asunto tan grave como la protección de la capa de ozono, se prefirió dar rodeos, cuando desde el principio existían soluciones menos costosas y más beneficiosas para nuestro medio ambiente.
Lamentablemente, una vez más, hubo que lidiar con intereses económicos que, a mi juicio, nos hicieron perder un tiempo precioso para rehabilitar la capa de ozono. Las soluciones de transición sin duda permitieron reducir la amenaza, pero también generaron beneficios de los que rara vez se habla. Siempre se podrá alegar que se trataba de un paso obligado antes de llegar a sustancias más satisfactorias, salvo que está demostrado que estas siempre existieron. Las sustancias naturales fueron sustituidas por sustancias químicas que, algunas décadas después, resultaron nocivas para la capa de ozono. Estas sustancias eran producidas por grandes grupos químicos como Dupont, Elf Atochem, Honeywell, Bayer, ICI, entre otros, que durante mucho tiempo obtuvieron beneficios astronómicos y constituyeron un cuasi monopolio en la fabricación de refrigerantes, agentes de aislamiento o propulsión, retardantes de incendios, herbicidas, productos de esterilización de suelos agrícolas, etc.
Mientras el sentido común y la sabiduría aconsejaban volver a soluciones naturales tal como se practicaban en el pasado —los hidrocarburos, el dióxido de carbono, el agua, o también la solarización, la biofumigación, los cultivos sin suelo—, estos mismos grupos utilizaron su enorme influencia, tanto económica como política, para imponer supuestas nuevas moléculas que se decían menos destructivas para el ozono. Mientras terminaban de lanzar al mercado sus nuevos productos, presentaron sustancias llamadas «de transición», es decir, con un poder destructivo menor, pero destructivo al fin y al cabo. Estos sucedáneos de sustancias destructoras de la capa de ozono inundaron, durante unos quince años, los mercados mundiales, incluidos los de los países en desarrollo, que en principio debían apoyarse en la asistencia del Fondo Multilateral para financiar sus operaciones de conversión. Va de suyo que las tecnologías y productos de sustitución eran suministrados por esos mismos grupos químicos, que buscaban un retorno rápido de sus inversiones, aun cuando estas no fueran tan cuantiosas como pretendían, puesto que se trataba de una simple manipulación de la molécula original para disminuir su nocividad sobre la capa de ozono.

Así, miles de empresas en todo el mundo se reconvirtieron, a golpe de miles de millones de dólares, para producir aparatos de refrigeración, aerosoles, disolventes, agentes espumantes de aislamiento, o pesticidas que contenían moléculas de transición que se suponía reducían la amenaza sobre la capa de ozono. Y cuando algunos de nosotros intentamos romper este monopolio promoviendo sustancias naturales —en particular en la refrigeración doméstica, introduciendo el ciclopentano como agente espumante para el aislamiento de las paredes de un frigorífico y el isobutano como refrigerante—, se puso en marcha una malintencionada campaña de desinformación, con el pretexto de la seguridad de los hogares. Vídeos más verosímiles que la realidad mostraban una pequeña fuga de unos gramos de hidrocarburos en un sistema de refrigeración que, al contacto con una chispa, provocaba una explosión en una cocina. Esto tuvo el efecto de retrasar su introducción, mientras las sustancias de transición seguían tranquilamente su camino. Aun así, logramos convencer a varios países —Argelia, Argentina, Irán, Camerún, Egipto o Siria— de introducir los hidrocarburos en la refrigeración doméstica.
Pero hubo que vencer resistencias tenaces en el Comité Ejecutivo del Fondo Multilateral, dominado por los países donantes, en cuyos pasillos de reunión los lobbies de los grupos químicos están muy presentes. Nos ayudó en ello una eficaz campaña de divulgación llevada a cabo por la influyente ONG Greenpeace, apodada «Greenfreeze». No fue sino muchos años después que los hidrocarburos se impusieron globalmente en la refrigeración doméstica —ironía de la historia, hasta la todopoderosa Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos recomienda hoy el isobutano y el ciclopentano—. Lamentablemente, no ocurre lo mismo con la climatización, incluida la de uso residencial, con el pretexto, una vez más, de la inflamabilidad de la sustancia. ¿Pero a quién le preocupa la seguridad del ama de casa, sobre todo en los países en desarrollo, que utiliza una bombona de gas butano o propano de una capacidad media de 13 kilogramos, cuya explosión suele ser devastadora? ¿Por qué se relativizan las explosiones de edificios debidas a fugas de gas de ciudad, mientras se insiste en el peligro de una fuga de unos pocos cientos de gramos de gas de un frigorífico o de un climatizador?
Por mi parte, estoy convencido de que se trata simplemente de proteger y conservar un jugoso mercado de sustancias químicas, y que la preservación de la capa de ozono no es más que una pantalla para desarrollar, una y otra vez, nuevas moléculas a menudo surgidas de simples manipulaciones de las ya existentes.
Otro ejemplo significativo es el titubeo observado en la sustitución de un pesticida como el bromuro de metilo, un fumigante de amplio espectro utilizado en todo el mundo desde la década de 1930 como tratamiento previo a la siembra contra insectos, agentes patógenos y malas hierbas, así como contra insectos en edificios y mercancías. También se utiliza en aplicaciones de cuarentena y en tratamientos previos a la expedición de productos perecederos. Esta sustancia, aunque prohibida por el Protocolo de Montreal, sigue utilizándose, principalmente en los países industrializados, gracias a solicitudes de exenciones y excepciones presentadas cada año a las Partes en el Protocolo.
Aunque se ha demostrado que, en la práctica totalidad de las aplicaciones, el bromuro de metilo podía sustituirse, el comité de opciones técnicas dedicado a este fin sigue, pese a las críticas de varios países, concediendo exenciones —mientras que en los países en desarrollo no se toleran—. Como prueba, baste el caso de los agricultores mexicanos, obligados a abandonar el bromuro de metilo en el cultivo de la fresa, mientras sus vecinos norteamericanos se beneficiaban de las célebres exenciones, más económicas, en nombre de la sacrosanta regla de la competitividad. Aún recuerdo a aquel agricultor llegado de su estado natal de Florida para hacer, en una reunión de las Partes en Roma, una dudosa demostración de la necesidad de conservar el bromuro de metilo como tratamiento del suelo. Además de ser cuando menos sorprendente invitar a un particular a intervenir en una sesión plenaria de las Partes, los lobbies del bromuro de metilo se habían movilizado para brindarle toda la logística necesaria para su presencia en Roma. Es más, recibí una severa amonestación de un alto funcionario del Departamento de Agricultura de Estados Unidos cuando expresé dudas sobre los argumentos esgrimidos por ese agricultor. Estaba sentado discretamente detrás de mi delegación y no se había perdido nada de mi intercambio con uno de mis colegas. Me recordó mi deber de reserva como funcionario de las Naciones Unidas.
Sin embargo, está bien establecido que métodos naturales —la solarización, la pasteurización por vapor, la biofumigación, los cultivos sin suelo, el uso de variedades resistentes, o el tratamiento térmico de los productos almacenados— deben enfrentarse a la competencia de nuevas moléculas destinadas a sustituir el bromuro de metilo. Mi organización fue el líder indiscutido de la asistencia a numerosos países en desarrollo para esta sustitución, y los métodos de reconversión natural siempre tuvieron allí prioridad. Nuestro proyecto en Marruecos, que logró asociar a productores y exportadores de frutas y hortalizas, al Ministerio de Agricultura, a institutos de investigación agronómica, a empresas agrícolas extranjeras, a expertos en tratamiento de suelos y a laboratorios, desembocó en la creación de un centro de producción de variedades resistentes, de divulgación de nuevos métodos de tratamiento y de formación de productores, incluidos los independientes. Este centro se convirtió en un modelo para muchos otros países en desarrollo, y en un ejemplo concreto de transferencia de tecnología en toda su dimensión, lejos de los estándares impuestos por los poseedores de la tecnología. Como lo fue nuestro proyecto en México para la reconversión de los inhaladores dosificadores destinados al tratamiento de enfermedades respiratorias como el asma. Recurrimos primero a los cuatro poseedores de la tecnología de sustitución: dos de ellos se negaron a cualquier transferencia hacia un país en desarrollo, mientras que los otros dos exigían el pago de regalías y una protección de su tecnología durante treinta años. Pero gracias a competencias locales probadas, logramos negociar con un fabricante de válvulas —el elemento esencial en la propulsión de una cantidad exacta de medicamento hacia los bronquios— toda una serie de ensayos de un nuevo gas propulsor sin efecto nocivo sobre la capa de ozono. Estos ensayos permitieron poner a punto una válvula conforme a las normas sanitarias. Este proyecto exitoso tuvo repercusión en los fabricantes de inhaladores de los países en desarrollo, que adoptaron un método de sustitución similar, lejos de los dictados de las multinacionales.
Más perversa aún es la exención de uso del bromuro de metilo para las operaciones de cuarentena y tratamiento previo a la exportación de productos perecederos —exención que en realidad oculta, una vez permitida legalmente la importación, la posibilidad de utilizar esta sustancia para otras aplicaciones, como el tratamiento de suelos—. No es un secreto para nadie: el comercio del bromuro de metilo, aunque reducido, sigue siendo una realidad. Algunos afirman que se trata de una manera de dar salida a las existencias aún disponibles —lo que recuerda extrañamente a la disponibilidad del DDT, décadas después de su prohibición.
El Protocolo de Montreal también prevé exenciones para otras sustancias que agotan la capa de ozono (SAO), en aplicaciones consideradas esenciales, en particular en los ámbitos militar y espacial. Cabe destacar que los inventarios de producción y consumo de estas sustancias hacen muy poca referencia a los usos en la industria militar, no obstante muy presente en numerosos países. El Protocolo concede generosamente una cláusula de confidencialidad rara vez cuestionada. Dicho de otro modo, la protección de la capa de ozono debe acomodarse a pequeñas excepciones en nombre de la razón de Estado.
Otro aspecto, aún más inquietante, que ha llamado la atención de numerosas ONG, se refiere a las existencias obsoletas de SAO diseminadas por todo el mundo, en particular en los países en desarrollo. Estas cantidades importantes, llamadas por eufemismo «los bancos de SAO», se deterioran con el paso del tiempo y se liberan a la atmósfera. Varios estudios han demostrado la urgencia de su gestión, so pena de ver anulados todos los esfuerzos de la comunidad internacional por rehabilitar la capa de ozono. Las Partes en el Protocolo, salvo algunos proyectos de demostración, nunca han logrado ponerse de acuerdo sobre una financiación para su eliminación en los países en desarrollo. Irónicamente, no existe ninguna obligación de comunicar las cantidades almacenadas, lo que hace opaco cualquier inventario creíble. A ello se suman todas las tentaciones de comercio ilegal de las SAO almacenadas, ya sea en forma de sustancia virgen o contenidas en equipos como frigoríficos, congeladores o climatizadores. ¿Quién sabe cuántos de estos aparatos se han vendido clandestinamente, a bajo precio, en los países en desarrollo? Los ejemplos puestos en conocimiento de las Partes son numerosos, y aunque a veces se han producido debates acalorados, no se ha tomado ninguna medida seria, salvo la posibilidad, para los países víctimas de este comercio ilegal, de denunciarlo.
Yo mismo fui testigo, en el puerto de Duala, en Camerún, de la llegada de cientos de frigoríficos usados que contenían SAO, reacondicionados y destinados a venderse en el mercado local. Estos aparatos, condenados a la destrucción y procedentes al parecer de Europa, se ofrecían por supuesto a precios que desafiaban toda competencia. Ironías del destino, yo estaba en Duala para inspeccionar dos fábricas de frigoríficos y congeladores que habían recibido asistencia financiera y técnica para su reconversión hacia sustancias inocuas para la capa de ozono. Los gestores de estas fábricas estaban aterrados ante la idea de no poder comercializar sus nuevos aparatos, cuyo coste era mucho más elevado.
Hoy, ¿cómo explicar que, tras unos años de dominio de las sustancias de transición, aparezcan otras moléculas, casi similares, pero milagrosamente despojadas de su radical cloro, responsable de la destrucción del ozono estratosférico? Tampoco sorprende que, en 2007, una enmienda al Protocolo de Montreal se apresurara a reglamentar la eliminación progresiva de las sustancias de transición en los países en desarrollo, previendo un apoyo financiero suplementario —todo ello respaldado por presentaciones científicas tan doctas unas como otras, destinadas a demostrar que esta eliminación reduciría el agujero de la capa de ozono. Esta enmienda fue saludada como histórica, y la comunidad internacional se felicitó de haber dado un paso decisivo en la protección de la capa de ozono.
Recuerdo las negociaciones muy tensas para finalizar esta enmienda, en particular la aceptación de la reconversión en empresas que ya se habían beneficiado de financiación para adoptar las sustancias de transición. Los países donantes se mostraron comprensivos y generosos al acceder a los deseos de los países en desarrollo —lo esencial era llegar a este acuerdo, para inundar una vez más los mercados con nuevas moléculas, pero esta vez sin poder destructivo del ozono—. Y ello sin contar con la influencia discreta pero temiblemente eficaz del Comité Ejecutivo del Fondo Multilateral, que, a fuerza de condiciones brillantemente orquestadas, redujo el alcance de la enmienda y minimizó al máximo su impacto financiero. Los planes de eliminación de las sustancias de transición, y en particular sus fases I, sufrieron un retraso considerable antes de ser adoptados, pese a plazos de reducción muy ajustados (congelación y luego reducción del 10 % respecto de los consumos de referencia). Lo esencial era, al parecer, poner en marcha el proceso.
Pero eso fue sin contar, una vez más, con el ingenio y el espíritu de innovación de los grupos químicos, que apenas cuatro años después declararon que estas nuevas moléculas, pese a un poder nulo de destrucción del ozono estratosférico, tenían el inconveniente de presentar un potencial de calentamiento global muy elevado. Algo así como una «revelación científica» mayor que nadie esperaba. Una vez más, se recurrió a científicos de renombre para explicar hasta qué punto estas moléculas podían resultar indeseables en el contexto del cambio climático. Se nos explicó que deshacerse de ellas representaría, de aquí a fin de siglo, un esfuerzo equivalente al 10 % de todos los necesarios para alejar la amenaza climática, y llevaría a una reducción de la temperatura global de 0,5 °C —lo cual, hay que reconocerlo, es considerable—. Así, países influyentes como Estados Unidos y Canadá, a los que se unieron México, algunos pequeños Estados insulares preocupados por la subida del nivel del mar, y luego la Unión Europea, propusieron otra enmienda para eliminar esta vez las moléculas destinadas a sustituir a las de transición. Esta situación, cuando menos insólita, se negociaba en el mismo momento en que las fases II de los planes de eliminación de las sustancias de transición se presentaban al Comité Ejecutivo para su examen.
Esta enmienda va evidentemente acompañada de la introducción en el mercado de nuevas moléculas, sin poder destructivo del ozono y con un potencial de calentamiento global reducido —en suma, sustancias de transición antes de la puesta en circulación de otras moléculas con un potencial de calentamiento global muy bajo—. Va de suyo que este potencial sigue siendo de una relatividad desconcertante, puesto que hasta la fecha apenas se aventura a fijar un umbral por encima del cual sería inaceptable —fijarlo equivaldría a condenar irremediablemente ciertas moléculas ya comercializadas—. Se comprenden así las vacilaciones en unas negociaciones que se prolongan desde hace más de cuatro años, el tiempo necesario para dar los últimos toques a otras sustancias de fórmulas y denominaciones enrevesadas, que se supone respetan a la vez el ozono y el clima.
El propio presidente estadounidense, el Sr. Obama, fue solicitado para convencer a chinos e indios de sumarse al movimiento y de ser más conciliadores en las negociaciones. Si bien China pareció avenirse a una nueva enmienda —a cambio de concesiones que no tardaron en salir a la luz—, la India cedió terreno y aceptó un arreglo similar al negociado con China. El resto del mundo tuvo entonces muy pocos argumentos que hacer valer, y no tuvo más remedio que negociar un importe financiero prometido a la medida de los retos tecnológicos. Una vez más, los países donantes se mostraron muy abiertos en cuanto a su contribución al Fondo Multilateral, contando al mismo tiempo con sus representantes en el Comité Ejecutivo para reducirla al máximo. Contaban también con el grupo encargado de determinar las necesidades financieras de la nueva enmienda —un grupo que trabaja en condiciones opacas, y que siempre se ha esforzado por aportar cifras basadas en inventarios difíciles, cuando no imposibles, de verificar. Elabora fórmulas para estimar, a lo largo de tres años, fondos por categoría de sectores de utilización, produciendo invariablemente un importe global cercano a los cuatrocientos millones de dólares, aunque las necesidades varían de un periodo a otro. Pero todo el mundo sabe que se trata de una cifra fijada de antemano por ciertos países donantes influyentes, y que la misión del grupo consiste invariablemente en justificarla a posteriori. Por supuesto, los países en desarrollo no han dejado de rebatir estas cifras, pero al no poder aportar argumentos convincentes para sumas superiores, no han tenido más remedio que resignarse a pedir un pequeño suplemento —concedido, por supuesto, por los países donantes, que entonces subrayan el carácter extremadamente generoso de su oferta.
Siempre me ha chocado oír a ciertos delegados presentar sus contribuciones como una especie de dádiva, cuando no de limosna, cuando se trata de un acuerdo que se supone reconoce el carácter ineludible de una responsabilidad compartida pero «diferenciada» —los fondos asignados no representan más que una pequeña parte de los daños causados por las tecnologías vendidas a los países en desarrollo—. Lamentablemente, muchos representantes de países en desarrollo perciben esta contribución financiera como un gesto de «caridad», y no como un aspecto duramente negociado de un acuerdo internacional. Permanecen desarmados ante los múltiples medios desplegados por países donantes cuya unidad rara vez falla, mientras que los representantes de los países receptores llegan a las reuniones a menudo mal preparados, poco al tanto de los verdaderos retos que subyacen a las negociaciones. Se contentan, la mayoría de las veces, con simulacros de discusión que apenas logran dominar.
Más desolador aún es la desidia, cuando no el escaso interés real, mostrado por ciertos representantes de países en desarrollo en el Comité Ejecutivo, donde se supone que representan a sus respectivos continentes. A veces llegan sin documentos, y se apresuran a retirarlos en la Secretaría para consultarlos con urgencia, cuando la reunión ya está muy avanzada. Se encuentran entonces completamente desprevenidos, resignándose a seguir los debates como pueden, sin posibilidad real de contribuir a ellos. Cuántas veces hemos oído, no sin vergüenza, intervenciones carentes de toda consistencia, a veces totalmente fuera de lugar. Siempre he sentido, en su lugar, una cierta humillación ante el sarcasmo y las burlas discretas de los demás representantes. La palma se la lleva sin duda la apasionada intervención de una representante de un país en desarrollo, en una reunión de las Partes en Viena, en octubre de 1995: hacía un llamamiento a la comunidad internacional para que ayudara a su país a luchar contra… ¡la desertificación! La pobre se había equivocado de conferencia. Las risas sin freno que estallaron en la sala fueron un gran sufrimiento para aquella diplomática.
Pero también hay que decir que, a pesar de todo, estos representantes se miden con los delegados de los países desarrollados en condiciones desiguales. Sus medios son irrisorios, rara vez disponen de datos fiables para oponer contraargumentos de peso. Peor aún, rara vez reciben instrucciones de sus propios gobiernos, y solo su instinto o su experiencia pueden guiarlos en el laberinto de los textos, hábilmente mantenido por los países donantes. Los he visto vagar como almas en pena por los pasillos de las grandes salas de conferencias, a menudo resignados. Muy pronto abandonan el terreno de la negociación para concentrarse en sus intereses privados. Cuántas veces he sorprendido a algunos de ellos consultando su correo personal, o sitios web fuera de lugar, mientras se debatían asuntos que les concernían directamente. Recuerdo incluso una anécdota triste y desoladora: la de un representante al que había solicitado para defender un proyecto en su propio país, y que ignoraba que ese proyecto se sometía precisamente a la reunión a la que asistía —prueba de que ni siquiera había leído los documentos de trabajo. Por supuesto, siempre ha habido excepciones, individualidades dotadas y brillantes, pero lamentablemente, tras dos o tres reuniones en las que se habían distinguido, desaparecían curiosamente del circuito. Sin duda es una de las calamidades de varios países en desarrollo esa capacidad de apartar a sus propias élites.
Mi propio país sobresale en este terreno: en numerosas ocasiones he visto llegar delegados surgidos de la nada, a veces incluso totalmente desconectados del tema que se suponía debían negociar. Algunos llegaban incluso a la indecencia de cobrar sus dietas de misión desde el primer día de una conferencia, para desaparecer acto seguido.
Hay, por supuesto, países como China, la India, u otras economías emergentes como Sudáfrica, Indonesia, Malasia, Brasil, Senegal y muchos otros, que se las arreglan y logran, con mayor o menor fortuna, sacudir la hegemonía de los países industrializados. Pero queda mucho camino por recorrer para esperar equilibrar estas negociaciones. Estoy convencido de que ese día se acerca, incluso más rápido de lo que parecía hace solo unos años. Estoy igualmente convencido de que, por el bien de nuestro planeta, todos los países deberán desempeñar un papel determinante en las decisiones que se tomen sobre su futuro. La reciente Conferencia sobre el Clima de París mostró señales alentadoras en la asunción de los problemas globales por parte de un número creciente de países en desarrollo, y ello pese a un acuerdo a menudo calificado de vacío.
Lamentablemente, como funcionarios internacionales, y so pretexto de neutralidad, siempre se nos ha prohibido dar consejos a los representantes de los países en desarrollo, esclarecerlos sobre los retos en juego. E incluso cuando nos esforzábamos por eludir esta prohibición, no deja de ser cierto que, sin un marco adecuado para organizarlos y prepararlos a captar mejor los puntos importantes a debatir, estos esfuerzos siguen siendo fragmentarios, sin impacto significativo. Por mi parte, insistí ante los representantes de los países donantes para aportar un valor añadido a las negociaciones, permitiendo que los organismos especializados de las Naciones Unidas formaran a élites de los países en desarrollo en métodos y técnicas de negociación, después de todo, bastante sencillos. Intenté convencer al PNUMA de organizar, al margen de las reuniones regionales de los responsables de las oficinas del Ozono, debates sobre las negociaciones en curso. Esfuerzo en vano: no se tomó ninguna iniciativa seria en ese sentido. Sí intenté organizar reuniones en la sede de nuestra organización en Viena, a las que se invitaba a los representantes de las oficinas del Ozono a debatir sobre temas de actualidad. Pero aquello no fue más que fuego de artificio, del todo insuficiente para esperar invertir la tendencia. Habría sido necesario multiplicar este tipo de encuentros para que marcaran un giro decisivo en las negociaciones. Lamentablemente, los costes de seguir organizándolos eran demasiado elevados para una organización como la mía. También tuve que rendirme a la evidencia de que, una vez más, Viena atraía más por su encanto y su belleza que por los temas a debatir.

Lamentablemente, se siguen observando relaciones de dominación que, a mi humilde entender, no son de naturaleza tal como para colmar el inmenso abismo que separa nuestros dos mundos. Y, sin embargo, era lícito esperar que, cuando se trata del futuro del planeta, todas las voluntades serían bienvenidas —pero solo los intereses, tanto económicos como políticos, siguen siendo, más que nunca, los argumentos principales de las negociaciones sobre medio ambiente—. Lamento, por mi parte, que la idea noble y generosa surgida en Río en 1992, que declaraba los recursos del planeta compartidos por todos, siga siendo hasta hoy utópica. He sido testigo en numerosas ocasiones de comportamientos egoístas, incluso criminales, y guardo en la memoria algunos recuerdos de situaciones absurdas y difícilmente comprensibles.
A este respecto, recuerdo el bombardeo, en marzo de 1999, de la ciudad de Belgrado por las fuerzas de la OTAN. Los sistemas de lanzamiento de los proyectiles necesitaban, para su refrigeración, miles de toneladas de Halones —un potente producto destructor del ozono—, mientras que, al mismo tiempo, el Comité Ejecutivo negociaba proyectos de eliminación de unos cientos de toneladas de esos mismos Halones. Ese mismo Comité Ejecutivo nos denegaba, por otra parte, un proyecto de reconversión en una empresa de refrigeración en Montenegro, con el falaz pretexto de que la disolución de la antigua Yugoslavia no permitía asegurar que Serbia y Montenegro fuera efectivamente Parte en el Protocolo de Montreal. Pese a las aclaraciones aportadas por el fallecido indio Madhava Sarma, entonces Secretario Ejecutivo de la Secretaría del Ozono, que aseguraba que ese país era efectivamente signatario del Protocolo, el Comité hizo caso omiso y rechazó el proyecto. Cabe señalar que la Secretaría del Ozono no volvió a tomar, desde entonces, una iniciativa similar —tales bravatas no debían repetirse.
¿Cómo entender también las reticencias, cuando no las oposiciones, a asistir a países bajo embargo, como Libia, Irán, Cuba o Corea del Norte —como si la capa de ozono tuviera fronteras con esos países? ¿Qué decir de Irak, al que durante años se le negó sistemáticamente toda ayuda, incluido el derecho a asistir como observador? En cambio, tras la segunda guerra del Golfo, el Comité Ejecutivo no dudó en absoluto en aprobar una multitud de proyectos, sin preocuparse por su ejecución en zonas de alto riesgo. ¿Quién podría hoy afirmar con certeza que Irak cumple con las obligaciones del Protocolo? ¿Pero por qué preocuparse por ello, si lo esencial era mostrar que ese país estaba ya dentro de las normas?
Por mi parte, me enorgullezco de haber insistido siempre en el carácter de neutralidad de un convenio sobre medio ambiente, y presentar proyectos en esos países fue una constante absoluta de mi actuación. Al Comité Ejecutivo le resultó imposible negar ese carácter y, pese a algunos intentos de disuasión, aprobó nuestros proyectos. Nosotros, a nuestra vez, debíamos demostrar con nuestra determinación que esos proyectos eran viables. Pero siempre llega un momento en que esa obstinación exige un precio.
Así, un día, el representante de Japón en el Comité Ejecutivo puso ante mis ojos un artículo de un periódico japonés que hacía referencia a un supuesto experto en armas químicas, antiguo miembro de nuestro equipo. Afirmaba, sin inmutarse, que habíamos suministrado, a través de un proyecto, equipos y materiales susceptibles de permitir a Corea del Norte fabricar armas químicas de destrucción masiva —nada menos—. Aunque sorprendido por esta gravísima acusación, no podía creer que un proyecto básico de reconversión pudiera revestir semejante ambición. Pese a mis explicaciones sobre el carácter totalmente inofensivo del proyecto, el diplomático japonés se empeñó en exigir, por mediación del Comité Ejecutivo, que aportáramos pruebas irrefutables de que los equipos y servicios no contravenían las normas dictadas por el Comité de Expertos de las Naciones Unidas sobre el embargo. Me amenazó también con solicitar, en la Reunión de las Partes en el Protocolo de Montreal, la retirada de nuestra organización como organismo de ejecución. Al tomar el asunto un cariz dramático, tuvimos que resignarnos a confeccionar un informe de más de trescientas páginas, detallando con minuciosidad todos los equipos y materiales entregados en el marco del proyecto, a fin de demostrar que su composición, tanto química como física, no permitía en absoluto la fabricación de armas químicas. Este informe, compilado en una semana y certificado por el Comité de Expertos de las Naciones Unidas, fue un modelo de ejemplaridad en la ejecución de nuestros proyectos; su contenido científico y técnico, así como su claridad, fueron elogiados por el Comité Ejecutivo, que decidió cerrar este penoso expediente.
Pero lo que hay que lamentar es la pasividad de nuestra organización, que en ningún momento nos brindó el menor apoyo. Muy al contrario, se nos dio a entender que haríamos bien en demostrar nuestra «inocencia». Creo que, más allá de la incomodidad causada por este sórdido incidente, el comportamiento de nuestra organización me afectó profundamente, revelador de cierta malevolencia hacia nosotros —pese al innegable éxito de nuestro programa, no se nos habría perdonado el menor error—. De no haber sido por la negativa del Comité Ejecutivo a ceder a las presiones de uno de sus miembros, el asunto podría haber desbordado el marco habitual de la asistencia que era nuestra misión primordial.
Pero también hay que decir que, a lo largo de los muchos años en que conviví con los miembros del Comité, este supo desarrollar relaciones de franca camaradería, incluso de amistad, que nunca se desmintieron. Pese a intereses divergentes, las relaciones humanas siempre prevalecieron, con respeto y buen humor. Fueron raras las ocasiones en que un miembro perdió la compostura —la diplomacia siempre recuperó la ventaja.
El vibrante homenaje que se me rindió en vísperas de mi jubilación de las Naciones Unidas, así como los numerosos premios y distinciones que se me otorgaron, fueron para mí la recompensa definitiva, la que me llenó de orgullo. Fue sin duda un reconocimiento a mi modesta contribución a la extraordinaria labor del Comité. No podía soñar con nada más gratificante que esos gestos de amistad hacia mí.
Saludo también el elevado grado de profesionalidad mostrado en todo momento por los miembros de la Secretaría del Fondo Multilateral. Demostraron, en cada ocasión, un profundo conocimiento de los aspectos científicos, técnicos y financieros de los proyectos que les sometíamos. El mérito corresponde sin duda a un gran hombre, el egipcio Dr. Omar El Arini, que supo construir una Secretaría de alto nivel. El Dr. Omar El Arini, y un miembro del Comité, el estadounidense Paul Horowitz, fueron las personalidades más destacadas, y su labor dejó una huella indeleble en la excepcional reputación del Fondo Multilateral. Siempre disfruté enormemente de los intercambios con la Secretaría, a veces interminables y a horas imposibles, intercambios que resultaban muy instructivos para ambas partes. Sus miembros tenían esa manera muy particular de oponer contraargumentos para minimizar los costes, o de declarar inelegibles equipos que considerábamos esenciales. Nosotros, por nuestra parte, habíamos desarrollado técnicas de defensa a menudo infalibles, que nos permitían obtener compromisos aceptables para todos. Juntos, permitimos al Comité Ejecutivo elaborar principios rectores que hoy constituyen una referencia —que muchos convenios internacionales nos envidian.
También me enorgullezco de contar, en muchísimos países, con amigos sinceros, que siempre tuvieron a bien acogerme con los brazos abiertos en mis múltiples desplazamientos profesionales. Siempre subrayaron mi compromiso indeclinable con sus respectivos países; no estoy seguro de haber podido devolverles, siquiera un poco, esa generosidad y esa hospitalidad de las que fui rodeado en cada una de mis visitas.
Guardo recuerdos imperecederos y excepcionales —de incidentes, de momentos jocosos, pero también de emociones intensas— de los aproximadamente ciento veinte países que tuve el privilegio de visitar. Citaré lugares donde la inseguridad era una preocupación cotidiana, como en Costa de Marfil, donde me vi, junto con un colega, confrontado a un falso control de carretera montado por una banda de jóvenes armados e histéricos. Salimos de aquello ofreciendo unos cientos de euros. En Pakistán, aunque las carreteras estaban lejos de ser seguras, me atreví a visitar, con el miedo en el cuerpo, lugares remotos. En Mozambique, en una época de incertidumbre política, me desplacé a una fábrica de frigoríficos, a un centenar de kilómetros de Maputo —solo existía una pista mal mantenida, cercana a focos de rebelión, y el trayecto, con un guía experimentado, duró una eternidad. En Guatemala y Honduras, en períodos de gran inestabilidad y elevada inseguridad, visitamos explotaciones agrícolas aisladas, protegidas por milicias armadas privadas. En Nairobi, Kenia, me encontré, junto con numerosos representantes, confinado en el hotel a raíz de disturbios populares que duraron tres días —habían asesinado a extranjeros, entre ellos a la esposa de un embajador, decapitada en su propio jardín.
En Calcuta, visité, con estupor, un barrio miserable de la ciudad, apodado con sorna «la Ciudad de la Alegría». La visión pesadillesca de esta pobreza extrema me persiguió durante meses —no podía creer que seres humanos pudieran caer en tal grado de degradación. Pero lo más extraordinario es que encontraban la fuerza para sonreír y seguir adelante, contra toda regla elemental de vida. A invitación de un hombre de edad imposible de determinar, tuve la fortaleza mental de entrar en su choza, montada sobre pilotes para evitar la masa compacta de excrementos que obstruía los caminos —el hedor pestilente que desprendía habría repelido al alma más curtida—. Vivía con su esposa y sus cinco hijos en un espacio tan reducido que me costó abrirme paso. Me ofrecieron un vaso de leche cuajada y un mendrugo de pan, que no osé rechazar. Pese a su total desamparo, sacaban de lo más profundo de sí mismos la fuerza para mostrar su generosidad y su hospitalidad. Rindo aquí homenaje a la Madre Teresa y a su modesto ejército de hermanas, por su inmenso valor y el sacrificio de su propia vida para aliviar, siquiera un poco, el sufrimiento de cientos de miles de desheredados. Aquello fue para mí, como en otros lugares miserables del planeta, una lección de vida: aquellos humildes entre los humildes eran capaces de ofrecerte «lo que no tenían». En su pobreza extrema, conservaban siempre, en su mirada, esa chispa de vida que me desarma. Me digo que, en realidad, es gracias a todas esas almas sacrificadas en el altar del dios llamado Economía que los ricos siguen enriqueciéndose. Se someten a reglas dictadas por otros, y su labor solo sirve para su propia supervivencia, al fin y al cabo relativa, pues rozan la muerte en cada instante de su miserable cotidianidad. Cuántas veces me he preguntado a quién salvar en primer lugar: ¿a la capa de ozono, o a esta humanidad a la deriva?
Otro viaje que me procuró una emoción extrema fue el realizado a Israel, y más particularmente a Jerusalén. Mi difunto padre siempre había acariciado el sueño de acudir a ese lugar santo, cuya visita se le había prohibido a causa de la guerra. Un día me sorprendí prometiéndole ir en su nombre, aun sabiendo, en el fondo, que esa promesa era imposible de cumplir. Y sin embargo, un día, como funcionario de las Naciones Unidas, tuve la suerte inaudita de viajar a Jerusalén y Cisjordania, para un proyecto de asistencia a la Autoridad Palestina. Esta idea había nacido de una conversación en Ginebra con el representante de Israel en la reunión de las Partes, un tal Rony Serri, que me aseguraba su apoyo para montar un pequeño proyecto de asistencia a los ministerios palestinos encargados de la Industria, el Medio Ambiente y la Agricultura. No tuve el placer de conocerlo en Jerusalén, ya que un mes después de nuestra conversación fue víctima de un accidente de tráfico mortal en Barcelona, donde pasaba sus vacaciones. Aún recuerdo su voluntad de hacer, a través de mi organización, un gesto hacia los palestinos; me había regalado dátiles cosechados en un palmeral que en su día había pertenecido a una gran familia palestina. Yo, que soy un pobre practicante, la oración que realicé en la mezquita de Al-Aqsa me llenó de una emoción inconmensurable, y vi, en la sala casi desierta, el rostro sonriente de mi padre. Más allá de las injusticias y humillaciones sufridas por la población palestina, de las que habíamos sido testigos, aquel momento de piedad tuvo, por sí solo, una repercusión moral que, aún hoy, me conmueve profundamente. Aún hoy, cuando, como asesor y experto sénior de las Naciones Unidas, me reencuentro, en reuniones internacionales, con todos esos amigos conocidos a lo largo de mis andanzas, se apresuran a saludarme, y siento un orgullo cierto por haber conservado, junto a ellos, esa amistad sencilla y cálida.
Volviendo a la nueva enmienda sobre los HFC, cabe temer que, una vez más, los poderosos lobbies se esfuercen por perpetuar esta cadena de sustancias químicas, en detrimento de sustancias naturales que, sin embargo, han demostrado ser eficaces y menos costosas en la mayoría de las aplicaciones. Pese a un potencial nulo de destrucción del ozono, otro cercano a cero en materia de calentamiento global, y una eficiencia energética innegable, siguen infrautilizadas. Ciertamente, se han logrado avances, y la toma de conciencia crece, pero habrá que ser más perseverante que nunca. Por ello mi compromiso continúa a través de SHECCO (Unión Europea, Bruselas), una institución joven pero ambiciosa, que trabaja por la promoción de los refrigerantes naturales. Su determinación y su entusiasmo ya me han convencido de lo acertado de nuestras posturas, y confío en que las sustancias naturales conocerán, en los próximos años, un auge sin precedentes —impulsado ya no por la coacción de los textos internacionales, sino por la evidencia, por fin reconocida, de que siempre fueron la solución más simple, más segura y más respetuosa con nuestro planeta.
Si Ahmed Sidi Menad, presidente de TAFELWIT
